Las
consecuencias económicas de los señores Abril-Leal
RAMON
TAMAMES 23 SEP 1979
Diputado
del PCE por Madrid
El
11 de septiembre de 1979, tras una larga demora, llegó a las Cortes el
«programa a medio plazo para la economía española», más conocido como Programa
Económico del Gobierno, o, simplemente, PEG. La remisión al Parlamento se ha
hecho mediante una comunicación gubernativa que resume el programa en los
quince puntos que sintéticamente vamos a analizar y criticar.
1.
De partida, el Gobierno afirma textualmente que el ajuste de la economía
española se ve afectado por «las incertidumbres que en el contexto
internacional se han originado a raíz del nuevo programa energético... » Tal
inculpación a la OPEP me parece excesivamente general y confusa. No precisa
suficientemente que lo más grave de los aumentos de los crudos no es la amenaza
sobre el abastecimiento energético, sino la notable elevación de costes en los
distintos sectores. Y sin negar que la política de la OPEP comporta un impulso
considerable al proceso inflacionista, no puede aceptarse que, sin más, se le
atribuya toda la culpa de la inflación. El sistema económico español es de por
sí el mejor caldo de cultivo para la difusión del virus inflacionista,
precisamente porque el Gobierno no ha atacado las verdaderas raíces de la
inflación. Desde julio de 1977 no se ha hecho prácticamente nada para detener
el alza de los precios del suelo edificable, cuyos efectos se han propagado al
resto de la economía. Por otro lado, la virtual liberalización de los tipos de
interés desde julio de 1977 (que se llevó a cabo bajo la presión de la
oligarquía financiera), ha tenido como resultado intereses entre el 16 y el
24%. A precios tan altos del dinero, los inversores se convierten en
filántropos que trabajan gratis para los Bancos. ¿Así, quién va a invertir?
2.
Después de tratar de convencemos de que el origen de todos los males está en la
crisis energética, el PEG requiere a los españoles aceptar el «empobrecimiento
real de la colectividad, como consecuencia de la mayor transferencia de
recursos que es necesario afrontar para mantener el aprovisionamiento de
productos energéticos». Lo cual equivale a decirnos: «Vais a ser más pobres,
pero no por ello debéis perder la serenidad.» Pero ni siquiera se dice cuánto
más pobres vamos a ser y cómo va a distribuirse esa nueva pobreza. En el fondo,
lo que hay, ¿no es una cierta Pobreza de imaginación dentro del propio
Gobierno?
3.
La promesa del empobrecimiento equivale a una invitación a convivir
indefinidamente con la crisis, con sus secuelas de paro, de delincuencia cada
vez más extendida y de frustraciones de todo tipo, en un proceso de degradación
social cuyos límites no están a la vista. Y para salir de esta situación, en
vez de crear las condiciones de un nuevo desarrollo, lo único concreto que el
Gobierno plantea son medidas de pretendida austeridad: la disminución en
100.000 millones de pesetas del déficit de la Administración para 1979. Lo cual
no pasa de ser una curiosa operación de autoenmienda del presupuesto, aprobado
hace escasamente tres meses. Entonces se confesó un déficit de 250.000
millones. Ahora se habla de 400.000. ¿Y quién nos garantiza que no se trata de
500.000 o incluso 600.000, como ha llegado a decirse?
4.
En el PEG se declara la necesidad de una política de ajuste estructural. Pero
la cuestión se enfoca de la manera más mecánica, sin apreciar que las
estructuras no son piezas de metal, sino relaciones de producción y de cambio
entre clases y grupos sociales, con la envolvente de unas instituciones. Por
ello, para ese reajuste estructural, a diferencia del protagonismo en exclusiva
que pretenden los señores Abril-Leal, es de todo punto indispensable un nuevo
marco de relaciones laborales, un mejor entendimiento entre el Gobierno y las
centrales sindicales. Como son precisas reformas considerables en instituciones
que se encuentran degradadas por la corrupción de los años de la dictadura, y por
las inercias más recientes. Pero nada de eso está realmente en marcha. Porque
el Estatuto del Trabajador presentado por UCD en el Parlamento apenas va más
allá de una mera recopilación de elementos legislativos anteriores. Y en cuanto
a la reforma de las instituciones, los propósitos de cambio que se contenían en
los pactos de la Moncloa, quedaron muy atrás... e incumplidos desde el momento
en que Abril-Leal sustituyeron a Fuentes Quintana y a Fernández Ordófiez.
Recortes
al gasto público
5.
Tras dibujar un sombrío panorama internacional, recomendar serenidad ante el
empobrecimiento y después de crear falsas ilusiones de recortes del gasto
público y de reajuste estructural, en el programa surge un inciso sorprendente.
«La situación de atraso relativo y baja productividad de la economía española
-se dice- ofrece la posibilidad de conseguir tasas de crecimiento real
superiores a las registradas, en promedio, por los países industriales.» Es
difícil aceptar con el PEG tan halagüeña previsión. Precisamente la experiencia
en los últimos tiempos, desde 1973, demuestra todo lo contrario: que España
crece por debajo de la media de otros países industriales. Entre otras cosas,
porque no hay una verdadera planificación democrática, que, en vez de rémora,
podría convertir esos atrasos y esa baja productividad en el más fuerte impulso
de desarrollo.
6.
En materia de política de creación de empleo, apenas se sobrepasa el horizonte
de algunas observaciones generales. Pero dejando bien claro el rechazo a la
participación de los sindicatos en todo lo relativo a la administración del
seguro de paro, oficinas de colocación y empleo comunitario. Tres áreas en
donde las corruptelas y la ineficacia no han dejado de ser el pan nuestro de
cada día. Y un Gobierno que así niega la «co-responsabilización» de los
trabajadores, ¿quiere realmente aumentar la productividad?
7.
El Gobierno se refiere también a la reconversión de sectores industriales en
crisis. Sin embargo, en esto, como en tantos otros aspectos, no hay novedad. Ni
en materia de industria naval ni de siderurgia. En el primer caso, el propósito
es disminuir la capacidad productiva, en vez de buscar con suficiente
imaginación nuevos sectores de actividad, como plataformas para exploración y
extracción de hidrocarburos en aguas continentales, barcos para turismo (un
sector que en todo el mundo está convirtiéndose en monopolio de la Unión
Soviética) o programas destinados a la modernización de nuestros malparados
ferrocarriles. En el caso del otro gran sector en crisis, la siderurgia, el
problema de fondo radica en la demanda de hierro y acero, que no resurgirá sino
con el tirón de un ambicioso programa de construcción de viviendas, de obras
públicas, de equipamientos sociales. Y de esos proyectos, en el PEG, nada de
nada.
8.
Se confirma, asimismo, que habrá una mayor liberalización de las instituciones
financieras. Algo que suena a vieja cantilena repetida. La más novedosa
referencia es al mercado de valores, pero inevitablemente se suscita la
cuestión de cómo, sin un horizonte de certidumbre, puede esperarse que
reaccionen las cotizaciones, que hoy están en los niveles más bajos de su
historia: las «Telefónicas», a 63 (en 1972 llegaron a 480 enteros), y Altos
Hornos de Vizcaya, a 12,5 (en 1976 alcanzaron la cota de 120). Y es que desde
1973 -con el breve paréntesis de los acuerdos de fa Moncloa, entre octubre de
1977 y marzo de 1978- en la política española no ha habido otra cosa que
permisividad, expansionismo a cualquier trance y oportunismo electorero; para
desembocar, ahora, cuando no hay elecciones a la vista, en el más negro
fatalismo y pesimismo. Por eso hay que recordarles a los señores Abril-Leal
(aunque no les guste) que, cuando desde marzo de 1978 incumplieron y quisieron
olvidarse de los pactos de la Moncloa, cometieron un grave error histórico. Se
abandonó la única senda de política económica posible, la que llevaba a la
reforma económica y social profunda, la que conducía a un verdadero cambio en
el anterior modelo de crecimiento.
9.
En el PEG hay además no pocas incoherencias de calibre. Entre ellas, el
propósito de ir a la adaptación del arancel española la tarifa exterior común
de la CEE, sin esperar a la finalización del período transitorio de
incorporación de España al Mercado Común (en tomo a 1990). Equivale esto a
pensar que la nuestra es una economía en donde rebajando los derechos de aduana
y sin necesidad de planificar nada pueden conseguirse ventajas importantes en
poco tiempo. Pero con esa política, lo único que vamos a tener garantizado es
una larga secuencia de cierres de fábricas, y con ello nuevos aumentos del
paro.
10.
También en el PEG se inscribe una nueva consagración de la tesis de la máxima
privatización posible del sistema económico y de que, por consiguiente, los
presupuestos no deben «distorsionar» el flujo de créditos al sector privado. Lo
cual, dicho en román paladino, significa que el Gobierno de UCD está a favor de
una contracción del sector público, y de un retorno sin ambages al principio de
subsidiariedad en materia de empresa pública. El INI seguirá siendo un
instrumento de socialización de pérdidas y privatización de ganancias, un
vertedero de las empresas privadas con mala administración, y un «descansadero»
de ex cargos públicos sin calibrar sus capacidades técnicas y empresariales. Y las
pequeñas y medianas empresas seguirán abandonadas.
11.
En línea con lo anterior, sobre el funcionamiento del sector público, se hacen
las rituales observaciones: limitación del gasto corriente, las inveteradas
promesas sobre una mayor participación relativa de la inversión pública,
mejoras en el control presupuestario e incrementos de productividad en la
Administración. ¡Todo un mundo feliz! .... que para cualquier observador de la
Administración no exige de comentarios.
12.
En términos de Seguridad Social, la única proposición clara del programa
consiste en retrasar en un año el compromiso de llevar hasta un 20% la
contribución financiera del presupuesto del Estado. Este objetivo, en vez de
alcanzarlo en 1983, se promete conseguirlo en 1984. Pero nada importante se
dice en relación con la reforma de la Seguridad Social, que sigue siendo el más
oscuro pozo de la economía española. Como tampoco hay referencia alguna a la
participación de empresarios y trabajadores en los órganos de administración y
gestión de la Seguridad Social, en donde todo son obstáculos para cumplir
compromisos contraídos por el Gobierno Suárez hace ya bastantes meses.
Privatización
de la empresa pública
13.
De la empresa pública ya nos hemos ocupado antes. Y no será preciso insistir
que todo lo que en el PEG se menciona de su futura competitividad será mero
papel mojado, si no se cambia el actual estado de cosas. Y los propósitos han
ido quedando bien claros, pues desde que el proyecto de Estatuto de la Empresa
Pública cayó en el sueño eterno, el Gobierno está lanzado a una sistemática
operación privatizadora (SEAT, ENDESA, ENASA, etcétera).
14.
El PEG termina con una especie de acorde final de pretensiones triunfales, al
anunciar que «la economía española en 1982 será una economía mucho más flexible
y eficaz que la actual». Pero eso no es una meta, sino una quimera, pues lo
único que se esboza es un horizonte de incertidumbre para la inmensa mayoría.
En vez de guía para la acción, el PEG es el reconocimiento del pesimismo como
doctrina y la exposición de un menguado y ambiguo repertorio de instrumentos
técnicos para que se piense que casi todo está previsto.
Hasta
aquí, en apretada síntesis, el análisis y la crítica que puede hacerse al
Programa Económico del Gobierno. No estamos ante un buen proyecto. No puede
construirse la democracia con métodos tecnocráticos; como no cabe hacer
llamamientos a la serenidad y a la comprensión sin participación. La
planificación democrática es necesaria, está en la Constitución en el artículo
131, en donde se configura un Consejo en el que han de sentarse las comunidades
autónomas, las representaciones de trabajadores y empresarios. Y negarse a
constituir ese Consejo es limitar la elaboración de la política económica a
estériles reuniones de gabinete, a inacabables soliloquios. Todo ello, en vez
de ir a un trabajo compartido, con información para todos, y en el cual el
Gobierno tendría lógicamente la labor de impulso y de responsabilidad de una
política de inversión productiva y de lucha contra la inflación en sus raíces.
En
el fondo, ahora que está de moda citar a algunos grandes economistas, se dice
que Keynes fue el culpable de la inflación de los años 60 y 70, y que hoy
Keynes está muerto. Observaciones así, tienen un carácter casi eclesial. A mí me
recuerdan aquella conferencia teológica de Ginebra en la que al final de los
trabajos el presidente, a modo de conclusión, se atrevió a decir: «Señores,
Dios ha muerto.» Y del fondo de la sala surgió una voz que dejó estremecido al
auditorio, con una pregunta bien sencilla: «¿Y ahora, qué hacemos con el
cadáver?»
Se
dice que Keynes ha muerto. También podría decirse que a Keynes lo han matado
sus ya viejos adversarios, los Friedman y los Hayek. Sin por ello exaltar la
figura de Keynes, que no pasó de ser un inteligente y, hasta cierto punto,
frustrado defensor del capitalismo. Evidentemente, el keynesianismo no podía
aspirar a resolver sino los problemas de una cierta fase del capitalismo.
Cuando el Estado burgués no intervencionista veía cómo la crisis conducía al
colapso total, Keynes recomendó entonces un Estado más intervencionista, basado
en la inversión pública, en la utilización de la política monetaria y fiscal,
para luchar contra el ciclo, contra la depresión. Y esa recomendación, con
todas sus complicaciones lógicas, llevó al gradual montaje de un nuevo Estado
de economía mixta, Estado industrial, o Estado keynesiano, si se prefiere. Por
tanto, ahora, lo que parece contradictorio es abandonar el keynesianismo,
dejando el cadáver del Estado keynesiano, pretendiendo además hacer desde él
una política liberal.
La
tarea que realmente tenemos ante nosotros es bastante más alentadora que las
viejas recetas del Banco de España o que los manoseados consejos de la OCDE a
la UCD. Se trata de transformar el Estado, para construir una democracia
avanzada, tal como se dice -hay que recordarlo también- en el preámbulo de la
Constitución. Y eso es lo que no aciertan a ver ni Abril, ni Leal... Y las
consecuencias podrían ser perniciosas si no lo advirtieran pronto.
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