Cómo
erradicar la miseria
RAMON
TAMAMES 15 SEP 1982
En
España -lo veíamos en un primer artículo-, la pobreza viene a ser un sector
residual -cuantitativamente de importancia considerable dentro de la sociedad
actual. También es verdad que en algunos países, como los escandinavos, como en
buena medida los centroeuropeos, se ha puesto prácticamente fin a tales
penurias, salvo en los"casos de individualidades o de grupos que
voluntariamente "las prefieren". En este sentido, cualquier formación
política, no ya progresista sino meramente inteligente, tendría que aspirar en
España a erradicar la pobreza, que además es un sector altamente costoso,
aunque esta frase puede sonar a sarcasmo.
Michael
Harrington, al principio de los años sesenta, trató de persuadir a las
autoridades norteamericanas de que la pobreza es costosa, porque exige el
mantenimiento de cuerpos de policía que aseguren el respeto a la propiedad
privada, sistemas de seguridad en los centros de trabajo, en las viviendas y en
los edificios públicos, etcétera; porque genera la criminalidad organizada y de
los delincuentes antes pobres y luego enriquecidos. La pobreza exige mayores
niveles de alumbrado público en ciudades, urbanizaciones y pueblos; más
hospitales para enfermos físicos y trastornos psíquicos; más cárceles y
reformatorios; y, a la postre, significa que una parte considerable de la
población queda al margen de la cultura, de las nuevas tecnologías,
convirtiéndose así en una vergüenza y en un lastre para el resto de la
sociedad.Alguna mella hicieron todos esos argumentos en la Administración
norteamericana; los programas sociales de la New Society, de Lyndon B. Johnson,
no fueron ajenos a las denuncias mencionadas, aunque, desde luego, entraron a
la postre en una contradicción infernal con la escalada en la guerra de
Vietnam.
En
el caso concreto de España y teniendo en cuenta la situación estructural
agravada por la crisis, los problemas de la pobreza difícilmente se resolverán
con los "resortes automáticos del mercado". Por el contrario, hay que
tomar buena nota de que hoy el mercado ya no es ni el zoco ni la plaza de los
tiempos pasados, ni un ejemplo de competencia perfecta. Más bien es un amplio
espacio donde están presentes las formaciones monopolísticas de los grandes
grupos económicos, los conglomerados, las transnacionales, las empresas
públicas -que a veces no tienen de público nada más que el nombre-, las
organizaciones patronales, los sindicatos, los agricultores organizados con
vistas a los precios de regulación y las organizaciones -todavía bastante
débiles en nuestro caso- de la defensa de los consumidores, y de los
ecologistas que aspiran a conservar el medio ambiente.
Los
intereses generales
Ese
amplio espacio que es el nuevo mercado de hoy, con tantos protagonistas
sociales, debe tener unas reglas de juego, que ya no pueden ser por más tiempo
las teóricas de la mano invisible; una mano que acaba convirtiéndose en la de
los intereses más poderosos. El nuevo mercado, para que funcione, necesita de
una negociación permanente, debe ser un foro con reglas concretas de discusión
y decisión, y con una relación también concreta con los poderes públicos, que
han de adoptar las resoluciones finales en defensa de los intereses generales.
Y
digo todo esto porque en una economía de mercado pura, la pobreza y los grandes
desequilibrios no se tienen en cuenta; o tal vez sólo cuando la mendicidad o la
irritación llegan a niveles demasiado ostensibles.
Por
el contrario, en una economía que combine mercado y planificación, uno de los
objetivos debería ser, la erradicación de la pobreza y la disminución
progresiva de los grandes desequilibrios de riqueza y renta, tanto a nivel
territorial como personal.
En
el repertorio de ideas, simplemente enunciadas como medidas para acabar con la
pobreza en nuestro país, yo diría que entre las más importantes podrían
encontrarse las siguientes:
1.
La reforma agraria necesaria y posible, tanto por razones históricas de
devolución como por razones de dignidad y de necesidad económica; para acabar
con el paro semipermanente de centenares de miles de obreros agrícolas sin
tierra, y para poner fin a la vergüenza del empleo comunitario. Con la ley de
Fincas Manifiestamente Mejorables de 1979, y las necesarias encuestas, se
trataría de una pperación de relativamente poco coste y socialmente muy
rentable.
2.
Medidas efectivas para los pequeños agricultores, con exenciones fiscales para
las nuevas cooperativas, con la supresión de la contribución territorial
rústica (acompañada de la oportuna compensación a los pequeños municipios) y
con la drástica simplificación del sistema de seguridad social agraria.
3.
Un nuevo enfoque sobre las pequeñas empresas no agrícolas, máximas creadoras de
empleo y origen del mejor espíritu empresarial; igualándolas, para empezar, con
las grandes sociedades mercantiles en cuanto a la desgravación del 15% del
capital que en ellas se ínvierte.
4.
Desarrollo regional efectivo, mucho más allá de los límites muy modestos que
permite la configuración previsible del Fondo de Compensación Interterritorial,
especificándose los propósitos de desarrollo en términos más rápidos
(conctetados en proyectos públicos y privados) para las regiones más atrasadas.
5.
Un nuevo énfasis en los problemas del urbanismo, vivienda y medio ambiente,
para hacer efectivos los propósitos de los artículos 47 y 45 de la Constitución
de 1978, de garantizar la no especulación con el suelo urbano, el acceso a la
vivienda digna y el medio ambiente adecuado.
6.
Y quedan otros muchos problemas, entre ellos los de la sanidad, seguridad
social, educación y cultura, como palancas de verdadera liberación y de
erradicación de esa otra pobreza que, si menos tangible, es aún más
radicalmente antihumana que el simple no tener: el no saber, o el no poder
saber para no poder hacer.
1.300
millones de pobres
Para
terminar, señalemos que habiendo bolsas de pobreza importantes en España, la
situación fuera de nuestro país, en muchas latitudes, es bastante más
dramática. En países de nuestro propio idioma y entronque cultural, en la
América hispanohablante; entre nuestro amable vecino de enfrente y en todo el
continente africano; en el Asia meridional y en el sureste asiático. En todas
esas áreas hay quinientos millones de personas en situación de malnutrición, y
unos ochocientos millones más que padecen gravemente el flagelo de la pobreza.
Por eso, habiendo un problema nacional entre nosotros, también hay un problema
general de toda la humanidad. Y, desde luego, no seremos capaces de resolver ni
siquiera nuestros propios problemas si no tomamos conciencia del mundo que nos
rodea. A la postre, la peor pobreza es la de espíritu; la de aquellos que se
guían por sus cortos intereses propios, la de los ciegos que no quieren ver y
la de los sordos que no quieren oír.
Ramón
Tamames es catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid.
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