jueves, 6 de diciembre de 2012

Aznar, "A propósito de la Constitución" y "Un País Vasco habitable"



A propósito de la Constitución
JOSÉ MARÍA AZNAR 6 DIC 1992
Nuestra democracia cuenta, por lógica, con pocas fechas todavía que signifiquen verdaderos grandes momentos, giros cruciales de una historia reciente que acaban por grabarse en la cabeza de quienes no han sido testigos ni actores del acontecimiento. La Constitución sí representa uno de ellos, y permanecerá, junto a la restauración de la Monarquía parlamentaria y las primeras elecciones libres, entre los puntos de partida que justifican el futuro de un país.España muda tan rápidamente de piel que las nuevas generaciones apenas imaginarán la delicada combinación de problemas y respuestas posibles que gravitaban sobre la- nueva Constitución. La virtud fundamental de nuestra Ley se cifra, por encima de su imperfecta técnica jurídica, en la capacidad de integrar proyectos concretos divergentes, cuyo precedente directo hay que remontarlo a la Carta de 1876. Ello fue posible gracias a una permanente apertura de miras, sostenida a pesar de que las circunstancias internas, de toda clase, superaban en gravedad a la media de otros países europeos. Numerosas y destacadas personalidades mantuvieron un empeño así porque de antemano habían renunciado a la acaparación del poder.

El día de hoy lleva impreso en los calendarios el color visible de las fiestas, pero, transcurridos 14 años desde entonces, importa preguntarse si este aniversario merece alguna palabra distinta a las que se acostumbra pronunciar en los actos de tinte protocolario. Claro que al gran pacto de 1978 le sientan bien las celebraciones oficiales, tanto como resultan insuficientes para quien experimente una viva inquietud por el malestar con que se despide 1992. El año que brindaba nueva ocasión de marcar otro antes y después en nuestra biografía colectiva.

Desde aquel 6 de diciembre, un poco lejano ya, han decaído bastantes ilusiones miopes. En particular, las de cuantos suponían, gratuitamente, que las libertades políticas en manos de la izquierda brillarían con un esplendor sólo comparable al progreso social impulsado por el equipo dirigente a partir, de 1982. Por encima de ese infantil desencanto, la política española entre el Gobierno y la oposición ha transcurrido durante 14 años con el suficiente acierto y respaldo popular, siempre que estuvieron en juego los mínimos requisitos del Estado democrático.

Ahora bien, la misma perspectiva constitucional y sus leyes básicas posteriores representan el ángulo de visión privilegiado, si se desea entender buena parte de lo que nos sucede en estos momentos, señoreados por la inmovilidad estéril que lastra la última etapa del trayecto socialista. Con nocivas consecuencias para todos, puesto que cada vez será más dificil granjearse la confianza social en unas próximas elecciones generales que aguardan su turno.

En gran medida, tal alejamiento de la opinión ciudadana obedece a una sensible pérdida de sintonía que padecen instituciones centrales del sistema constitucional, cuyas respuestas quedan por debajo de los problemas que tienen por cometido encauzar. Aunque la causa definitiva del escepticismo profundo que cunde en la sociedad civil se aloja en un plano superior. En efecto, la voluntad de llegar a acuerdos con la otra parte se diluyó en la práctica a partir del predominio socialista. De nada valen las protestas escandalizadas cuando se recuerdan ambos fenómenos. Es lógico que se evite admitir el sorprendente déficit que pesa sobre el pluralismo democrático, pero parece imposible seguir como si el dato no existiera. Porque ahí está la raíz de todo un estilo de gobierno caduco, que ha multiplicado la propaganda personalista, alérgica por naturaleza a un debate en pie de igualdad, única vía limpia para informar, a la opinión pública.

A la hora de hacer balance sobre 14 ejercicios de vigencia constitucional, salta a la vista la pendiente pronunciada por la que se desliza el uso del poder. A la altura de 1992, queda sólo un rastro borroso de la fuerza innovadora que presidió la primera fase de la transición política. Conviene a todos que esta idea de la mutua lealtad, heredera del designio centrista y emblema de cualquier avance democrático, se implante en los usos de la política nacional. El espíritu de nuestra Constitución merece la devolución a la vida pública española de un equilibrio plural, de esa atmósfera natural que debería respirarse por norma en las sedes de las instituciones democráticas.

A lo largo del anterior mandato centrista, el partido gobernante buscó que los órganos principales del Estado se creasen mediante leyes orgánicas consensuadas. El consenso demuestra a la vez un máximo interés por extender la concordia y la sana humildad de saber que el partido de turno siempre está de paso por el Gobierno. Justo lo contrario de la etapa socialista, caracterizada por la presencia uniformadora de la mayoría parlamentaria en las instituciones controladoras del Ejecutivo. El colofón anunciado a todo diseño casi monolítico de la división de poderes es la artrosis del esqueleto político en una nación.

Ésta es la diferencia cualitativa entre el ayer y el hoy de la democracia constitucional, aprobada por referéndum el 6 de diciembre de 1978. Cabe pensar que las cuestiones importantes apuntan a otras carencias más urgentes de la acción cotidiana de gobierno.

Hablar ahora de procedimientos formales, cuando sobre la mesa se agolpan los problemas del saneamiento económico y las conductas personales, o la participación solidaria de las comunidades españolas, puede sonar a pérdida de tiempo. Sin embargo, el cumplimiento estricto de las previsiones que guarda la Constitución, en el ámbito de las instituciones parlamentarias y judiciales, significa la condición necesaria para que los españoles se vean a sí mismos estrechamente comprometidos otra vez con su futuro común.
José María Aznar es presidente del Partido Popular.


Un País Vasco habitable
JOSÉ MARÍA AZNAR 11 MAY 1998
Si alguien que hubiera visitado España en julio del año pasado volviera hoy, sin haber tenido ninguna noticia de lo ocurrido desde entonces, es muy probable que considerara obligado felicitarnos. Pensaría que, por fin, se había impuesto la razón después de aquella barbarie y que, por eso, ahora, oía que había que negociar. Y, por eso, también le sorprendería no ver muchas caras de felicidad. Sin embargo, se acordaría de que millones de personas salieron a la calle, que los jóvenes pasaron noches en vela y que ofrecían su nuca, mientras otros muchos enseñaban sus manos blancas como ya antes habían hecho cuando otro hombre fue asesinado en su despacho de la Universidad. Recordaría también que los partidos políticos habían denunciado a un grupo como cómplice del asesinato ante el que toda España se había movilizado y que iban incluso más allá, porque consideraban a aquel grupo como participante en el diseño criminal de lo que había ocurrido. Y decidieron aislarle. Pero todo aquello -supondría él- había pasado y era lógico que ahora algunos propusieran sellar el final. Acababa de llegar y lo que quería ver era un importante museo -de eso, sí se había enterado- con una plaza a sus puertas dedicada en memoria de un ertzaina. De esta historia lo único ficticio es la conclusión del visitante. Ante tal fracaso de la lógica -también de la lógica democrática-, el estupor de este turista accidental sería tal vez más intenso, pero no sustancialmente distinto al de quienes se preguntan qué ha ocurrido para que haya que sentar a la mesa a los que entonces había que aislar; por qué los cómplices se convierten ahora en interlocutores ineludibles. Es evidente que ETA y su mundo no han cambiado. Es posible que los asesinos de Tomás Caballero, José Ignacio Iruretagoyena y José Luis Caso sean -literalmente- los mismos que mataron a Miguel Ángel Blanco. Pero, como no creo que el desaliento haya podido penetrar tan dentro del ánimo de los demócratas, ni creo tampoco que la movilización de nuestra sociedad sea un espejismo, alguien debe ofrecer una explicación razonable de por qué parece que desistimos de seguir avanzando juntos. En un camino que la voluntad de los ciudadanos ha trazado tan claramente.En el País Vasco tenemos que resolver un déficit y llenar un vacío. El déficit es, sin duda, democrático, pero nada tiene que ver con un sistema político que ha hecho posible el nivel de autogobierno de que dispone, gracias a un proceso que se inicia con la voluntad mayoritaria de los españoles en apoyo de la Constitución. Es la carencia que provoca la amenaza, el chantaje, la presión mafiosa sobre los ciudadanos, la violación de la ley. En definitiva, todo lo que ETA es y representa, todo lo que quiere perpetuar y extender con sus cómplices. Frente a eso, no hay otro objetivo que devolver a la sociedad lo que le corresponde: la tolerancia, el respeto y la dignidad para conseguir una democracia sin mártires en la que nadie pueda pensar que el heroísmo sea el precio que algunos tienen que pagar por su libertad.

Si esto ocurre en el umbral del siglo XXI, después de 20 años de andadura democrática y en un momento clave para nuestro futuro, no culpemos al cansancio de un esfuerzo que todavía está pendiente de hacer. El vacío que llena el terrorismo es la ausencia de un proyecto colectivo que los vascos puedan compartir y que tiene que asentarse sobre el pilar político de su autogobierno y el pilar social de su pluralidad. Personalmente, me he empeñado en llevar hasta el final, sin reservas ni prejuicios, el compromiso con el desarrollo del estatuto, con la actualización del concierto económico, con la superación de agravios pendientes de nuestro pasado más doloroso, buscando ampliar el espacio de acuerdo. Es un esfuerzo que estoy convencido que hay que seguir realizando, sin que deba preocuparnos el beneficio táctico que otros quieran extraer de este trabajo de estabilidad y diálogo.

Lo que sí me preocupa es la aportación que tenemos que hacer para conseguir un País Vasco habitable para todos, cuya pluralidad excluye proyectos únicos y permite asumir identidades que no están condenadas a un conflicto irresoluble. Contamos con el instrumento fundamental del estatuto, al que se llega desde una Constitución que recupera la memoria institucional vasca y con la que los españoles hemos querido y sabido resolver querellas históricas por las que pagamos un precio muy claro. No inventamos nada, simplemente estamos dispuestos a andar la parte del camino que nos toque para que el único proyecto de convivencia que no fracase sea el que todos podamos defender.

Sólo hay una condición: que pongamos sobre la mesa el esfuerzo que cada uno está dispuesto a hacer, nacionalistas y no nacionalistas. Pensemos, como problema, en los miles de vascos que todavía apoyan la violencia. Pero pensemos, sobre todo, en muchísimos otros vascos, que son muchos más, que apoyan la libertad y la democracia y cuentan con las dos para poder seguir siéndolo.

No olvido que, después de estas consideraciones, nuestro visitante se encuentra todavía sin respuesta. Le diría que tengo la convicción de que la violencia no se puede gestionar, ni con la mejor de las intenciones. Queremos verla acabar. Si elevamos nuestra mirada, será posible que todos, de nuevo, veamos lo mismo y compartamos la misma ambición.

JOSE MARÍA AZNAR México 16 AGO 2004
El diario EL PAÍS, en su edición del día 15 de agosto de 2004, se hace eco de una supuesta información, referente a mí, que en nada se corresponde con la realidad. La noticia cita como fuente a la cadena SER, y según ella, la policía de EE UU habría impedido a mis escoltas viajar armados en un vuelo entre Miami y Cancún.

La realidad es bien distinta. La policía estadounidense no impidió nada a mis escoltas, toda vez que éstos hicieron con toda normalidad los trámites de embarque de sus armas reglamentarias, incluyendo su depósito en la bodega del avión. Ni hubo incidente ni hubo "momentos de tensión" ni hubo nada de nada. Hubo, eso sí, toda la corrección y amabilidad habitual por parte del personal de la aeronave, de los viajeros, así como de los empleados y funcionarios del aeropuerto norteamericano.

El canciller del Consulado español no se desplazó al aeropuerto para buscar ninguna solución (lógico, ya que no existía problema que solucionar), sino que lo hizo como una muestra de cortesía, que agradecí. Y para que no falte ninguna inexactitud, ni siquiera estoy pasando mis vacaciones en el lugar que cita dicha emisora. Atentamente.

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