Fernando
ALFONSO
GUERRA GONZÁLEZ 17 FEB 1998
La
verdad de los hechos históricos se desvela con el paso del tiempo. La sociedad
española un día conocerá lo que todos debemos a Fernando Abril.Cuando España
terminaba una larga dictadura, un grupo de hombres, más ligados al viejo
régimen que a la oposición democrática, tomaron la decisión de agruparse para
favorecer la recuperación de la democracia y la libertad. Con Adolfo Suárez
como conductor, desmontaron la arcaica estructura que impedía el ejercicio
libre de la voluntad popular y convocaron unas elecciones democráticas en 1977.
El acontecimiento no tenía precedente histórico en España. La unidad de grupos
y personalidades de las derechas siempre había tenido como objetivo él rapto de
la libertad, las etapas autoritarias. Por primera vez, una agrupación de
personajes y pequeños grupos se alían bajo las siglas UCD para ayudar a la
revitalización democrática.
Las
elecciones de 1977 no fueron convocadas para conformar una Cámara
constituyente, pero todos éramos conscientes de que antes o después las Cámaras
elegidas libremente, tras casi medio siglo de dictadura, habrían de elaborar
una Carta Magna que rigiera la convivencia democrática de los españoles.
Los
primeros pasos en la redacción de la nueva Constitución no fueron esperanzadores.
La mitad de la Cámara ejercía su mayoría para aprobar un artículo tras otro,
ignorando por completo las aspiraciones de la otra mitad de la Cámara. Se
reproducía así el mecanismo por el que durante dos siglos la mayoría
conservadora o la progresista dictaba una Constitución para sus partidarios,
desdeñando a los otros, haciendo una Constitución para media España, que sería
más tarde sustituida por otra Constitución para la otra mitad del país.
Fernando
Abril Martorell entendió antes que nadie que teníamos ante nosotros una
oportunidad única: elaborar una Constitución para todos. El día 17 de mayo de
1978, Fernando escribió una página larga de la historia futura de España.
Invocó el consenso constitucional, garantía de la etapa democrática actual de España,
la más larga de los últimos siglos.
En
el año recién comenzado se cumplen 20 de la aprobación de la Constitución
democrática de 1978. Sabiendo que Fernando Abril padecía una grave enfermedad
tenía mis esperanzas puestas en la celebración de esa efemérides para que la
sociedad española rindiese a Fernando Abril el homenaje que su visión política
merece. No ha podido ser. La pasada semana animaba yo a Fernando a participar
en los actos de celebración del vigésimo aniversario de la Constitución. Le anuncié
que varias universidades, en sus cursos de verano, preparaban ciclos de
conferencias, mesas redondas y otros actos, y que le reclamaban. Con voz
serena, que resultó dramática, contestó que el verano estaba ya demasiado lejos
para él.
Al
conocer su muerte he evocado nuestros 20 años de amistad. Y me doy cuenta de
que uno de los mejores amigos de mi vida ha sido mi adversario político. Y ello
me admira, al pensar en la desgarradora historia de mi país. Tal vez ni en
política encontramos razones para la confrontación.
Fernando
Abril es ejemplo y lección. Las etiquetas no nos enseñan nada de los hombres,
sólo sus conductas nos dicen de su grandeza o mezquindad. Fernando ha sido un
ser excepcional, y si algunos consideran hiperbólica esta forma de adjetivar,
motivada por un momento de congoja, de dolor, les emplazo a esperar el
veredicto de la historia, de los hombres que han de analizar, sin adherencias
partidarias, este último cuarto de siglo español.
El
humanismo de Fernando, su sentido del humor, su ironía creadora, su bondad, el
arte de distinguir lo accesorio de lo principal, deja abatidos a muchos amigos
verdaderos.
Su
esposa, Marisa, sus hijos y sus nietos, la familia que adoraba, sentirán que
nadie le puede sustituir en su dolor, nadie puede dolerse por ellos. Es verdad.
Sepan, al menos, que somos tantos los que les acompañamos en estos angustiosos
momentos en que sabemos que Fernando ya no está. Su recuerdo, grato, amoroso,
lúcido, nos acompañará.
Gracias,
Fernando.
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