A
propósito de la Constitución
JOSÉ
MARÍA AZNAR 6 DIC 1992
Nuestra
democracia cuenta, por lógica, con pocas fechas todavía que signifiquen
verdaderos grandes momentos, giros cruciales de una historia reciente que
acaban por grabarse en la cabeza de quienes no han sido testigos ni actores del
acontecimiento. La Constitución sí representa uno de ellos, y permanecerá,
junto a la restauración de la Monarquía parlamentaria y las primeras elecciones
libres, entre los puntos de partida que justifican el futuro de un país.España
muda tan rápidamente de piel que las nuevas generaciones apenas imaginarán la
delicada combinación de problemas y respuestas posibles que gravitaban sobre
la- nueva Constitución. La virtud fundamental de nuestra Ley se cifra, por
encima de su imperfecta técnica jurídica, en la capacidad de integrar proyectos
concretos divergentes, cuyo precedente directo hay que remontarlo a la Carta de
1876. Ello fue posible gracias a una permanente apertura de miras, sostenida a
pesar de que las circunstancias internas, de toda clase, superaban en gravedad
a la media de otros países europeos. Numerosas y destacadas personalidades
mantuvieron un empeño así porque de antemano habían renunciado a la acaparación
del poder.
El
día de hoy lleva impreso en los calendarios el color visible de las fiestas,
pero, transcurridos 14 años desde entonces, importa preguntarse si este
aniversario merece alguna palabra distinta a las que se acostumbra pronunciar
en los actos de tinte protocolario. Claro que al gran pacto de 1978 le sientan
bien las celebraciones oficiales, tanto como resultan insuficientes para quien
experimente una viva inquietud por el malestar con que se despide 1992. El año
que brindaba nueva ocasión de marcar otro antes y después en nuestra biografía
colectiva.
Desde
aquel 6 de diciembre, un poco lejano ya, han decaído bastantes ilusiones
miopes. En particular, las de cuantos suponían, gratuitamente, que las
libertades políticas en manos de la izquierda brillarían con un esplendor sólo
comparable al progreso social impulsado por el equipo dirigente a partir, de
1982. Por encima de ese infantil desencanto, la política española entre el
Gobierno y la oposición ha transcurrido durante 14 años con el suficiente
acierto y respaldo popular, siempre que estuvieron en juego los mínimos
requisitos del Estado democrático.
Ahora
bien, la misma perspectiva constitucional y sus leyes básicas posteriores
representan el ángulo de visión privilegiado, si se desea entender buena parte
de lo que nos sucede en estos momentos, señoreados por la inmovilidad estéril
que lastra la última etapa del trayecto socialista. Con nocivas consecuencias
para todos, puesto que cada vez será más dificil granjearse la confianza social
en unas próximas elecciones generales que aguardan su turno.
En
gran medida, tal alejamiento de la opinión ciudadana obedece a una sensible
pérdida de sintonía que padecen instituciones centrales del sistema
constitucional, cuyas respuestas quedan por debajo de los problemas que tienen
por cometido encauzar. Aunque la causa definitiva del escepticismo profundo que
cunde en la sociedad civil se aloja en un plano superior. En efecto, la
voluntad de llegar a acuerdos con la otra parte se diluyó en la práctica a
partir del predominio socialista. De nada valen las protestas escandalizadas
cuando se recuerdan ambos fenómenos. Es lógico que se evite admitir el
sorprendente déficit que pesa sobre el pluralismo democrático, pero parece
imposible seguir como si el dato no existiera. Porque ahí está la raíz de todo
un estilo de gobierno caduco, que ha multiplicado la propaganda personalista,
alérgica por naturaleza a un debate en pie de igualdad, única vía limpia para
informar, a la opinión pública.
A
la hora de hacer balance sobre 14 ejercicios de vigencia constitucional, salta
a la vista la pendiente pronunciada por la que se desliza el uso del poder. A
la altura de 1992, queda sólo un rastro borroso de la fuerza innovadora que
presidió la primera fase de la transición política. Conviene a todos que esta
idea de la mutua lealtad, heredera del designio centrista y emblema de
cualquier avance democrático, se implante en los usos de la política nacional.
El espíritu de nuestra Constitución merece la devolución a la vida pública
española de un equilibrio plural, de esa atmósfera natural que debería
respirarse por norma en las sedes de las instituciones democráticas.
A
lo largo del anterior mandato centrista, el partido gobernante buscó que los
órganos principales del Estado se creasen mediante leyes orgánicas
consensuadas. El consenso demuestra a la vez un máximo interés por extender la
concordia y la sana humildad de saber que el partido de turno siempre está de
paso por el Gobierno. Justo lo contrario de la etapa socialista, caracterizada
por la presencia uniformadora de la mayoría parlamentaria en las instituciones
controladoras del Ejecutivo. El colofón anunciado a todo diseño casi monolítico
de la división de poderes es la artrosis del esqueleto político en una nación.
Ésta
es la diferencia cualitativa entre el ayer y el hoy de la democracia
constitucional, aprobada por referéndum el 6 de diciembre de 1978. Cabe pensar
que las cuestiones importantes apuntan a otras carencias más urgentes de la
acción cotidiana de gobierno.
Hablar
ahora de procedimientos formales, cuando sobre la mesa se agolpan los problemas
del saneamiento económico y las conductas personales, o la participación
solidaria de las comunidades españolas, puede sonar a pérdida de tiempo. Sin
embargo, el cumplimiento estricto de las previsiones que guarda la Constitución,
en el ámbito de las instituciones parlamentarias y judiciales, significa la
condición necesaria para que los españoles se vean a sí mismos estrechamente
comprometidos otra vez con su futuro común.
José
María Aznar es presidente del Partido Popular.
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